Una súplica que no cesa: aún estoy aquí.
Por Lautaro Véliz
Argentina, 2025. La atmósfera es densa: el aire pesa de tensión, las calles aturden de gritos y disparos. El gobierno nos ajusta los bolsillos y reprime para disciplinar, para instaurar el terror.
En medio de este clima del que no podríamos escapar ni aunque quisiéramos, ni siquiera por un rato, porque la realidad nos estalla en la cara, hay quienes optamos por sumergirnos en el milagro de una sala de cine. Un espacio que nos ofrece casi con sorna la posibilidad de conectarnos de manera colectiva con una historia. La película elegida es Aún estoy aquí, el flamante film brasileño ganador del Oscar a la mejor película extranjera, un premio que a estas alturas vale menos por su prestigio que por la visibilidad que regala. La sala está llena: la invitación al escape es muy tentadora, y el viaje comienza.
Brasil, 1970. La atmósfera es densa: el aire pesa de tensión, las calles aturden de gritos y disparos. La dictadura genocida persigue, secuestra, tortura, desaparece y mata en el marco de un plan sistemático que busca instaurar el terror. ¿A dónde me trajeron?
Seguimos atentos la vida en familia del exdiputado Rubens Paiva. Cinco hijas e hijos, escenas felices de festejos y cenas numerosas. La playa, los amigos, el amor y la hija que se va. Entonces, un comando del ejército irrumpe en la armonía del hogar de los Paiva y se lleva a Rubens. Debajo de nosotros, las butacas vibran. De allí en más, compartimos el infierno que le espera a la familia. Su esposa, Eunice Paiva (Fernanda Torres en una interpretación magistral) es detenida también con una de sus hijas, Eliana (Luiza Kosovski). Ambas son llevadas al mismo centro de detención donde se encuentra Rubens, pero a pesar de insistir, no pueden verlo, ni saber de él. Golpes, ruidos, y gritos. Gemidos de dolor, sollozos de auxilio. Al igual que Rubens, la tortura está allí, pero no la vemos.
Este será el modus operandi con el que la película nos robará el aliento durante sus 2 horas y 15 minutos de duración. Son muchas las obras que se valen de lo explícito de las torturas, de colocar el morbo y el dolor en el centro de la escena. No es el caso. Aún estoy aquí conforma una estética que, desde lo narrativo, lo visual y lo sonoro, ataca en lo más profundo de la psiquis de la familia Paiva, y con ella, de la nuestra. Y entonces la imaginación será nuestro peor enemigo. No sabemos, pero tememos lo peor. En la pantalla, los silencios y las miradas explotan de preguntas. De la pregunta inevitable: ¿Y si Rubens aún está aquí?

Luego de casi un mes de encierro, Eunice es liberada y vuelve a casa. La búsqueda de Rubens no encontrará respuesta. Al estilo La vida es bella, esquiva las preguntas que disparan sin parar los niños. “¡Sonrían!” ordena Eunice a sus hijas frente a la cámara fotográfica de un reportero. Sonrían a pesar del dolor. Sonrían por encima del dolor. Sonrían, sobre todo, por el dolor. Que revienten de bronca porque no nos han quitado la sonrisa, un escudo casero, un refugio contra tanta crueldad. Que sonrían ellos, ahí, en la pantalla, nosotros no podemos. Y aun así, la enseñanza nos llega. Una forma de enfrentar la tragedia de la que no nos creemos capaces, pero que en el fondo reconocemos definitiva: la sonrisa en alto y el amor a flor de piel.
Pero el peligro es inminente, y entonces la mudanza, y dejarlo todo atrás.
Casi 30 años después, el Estado brasileño hace entrega del certificado de defunción de Rubens, el suplicio terminó. ¿Terminó? Ahora sí, el dolor tiene nombre, fecha y hora. Rubens fue asesinado. Lo mataron los militares. Lo mató el Estado. La llegada del documento se vive con alivio y esa noche, entre copas, alguien pregunta: “¿cuándo te resignaste a que papá ya no iba a volver?”
¿Cuándo se abandona a un desaparecido? ¿cómo librarse de su voz?
No me abandones, aún estoy aquí.
Sigue buscando, aún estoy aquí.
No me olvides, aún estoy aquí.
Viajamos así a una última escena, más acá en el tiempo, Eunice ya muy mayor y toda la familia reunida. Una nueva foto: ¡Sonrían! Y el viaje termina.
¡Sonrían!
Silencio.

La atmósfera es densa: el aire pesa de tensión. Nadie se atreve a moverse. Nadie puede moverse. El golpe fue tan grande que quedamos atados a las butacas, inmóviles, mirando los créditos pasar, esperando algo. Buscando algo. La pantalla nos devuelve imágenes de la casa vacía. Haciendo un esfuerzo sobrehumano me levanto del asiento y empiezo a caminar en medio del apocalipsis zombie que es la sala 6. A un lado del pasillo, una chica llora desarmada en su asiento, dos amigos la consuelan y la abrazan. Del otro, una familia muy numerosa permanece congelada en sus asientos, los ojos fijos en la pantalla, la mente que no puede arrancar. No lo sabemos, aunque ya lo intuimos, pero no vamos a poder escapar de este limbo por un rato. Un rato que serán horas, días, quién sabe, quizá hasta necesitemos escribirlo.
La experiencia de mirar Aun estoy aquí en el cine es devastadora. Pero también es necesaria. También es un abrazo. En el país de los 30.000, la película cala tan hondo…tan nuestro es también el dolor que necesitamos enfrentarlo juntos, en una sala de cine, y sonreír, y recordar para siempre que este dolor es lo más importante de nuestras vidas.
Lautaro Véliz es especialista en política latinoamericana, licenciado en Periodismo e integrante del consejo editor de La Tela.