Fideo

Fideo

Por Carlos Zeta

Rosario Central puso los ojos en un morochito delgado como un fideo, que había hecho 64 goles con una camiseta que le sobraba por todos lados: la de El Torito, el club de su barrio, “Churrasco”. 

—¿Por cuánto me lo das?—, le preguntó el entrenador de la categoría 88 de Central a Jorge Cornejo, presidente de El Torito. Eran otros tiempos y el tipo no estaba acostumbrado a ese tipo de negociaciones, así que la pregunta lo agarró desprevenido. 

—Por 26 pelotas—, dijo, más preocupado por las urgencias y los escasos recursos del siempre modesto club de barrio, que por las veleidades de los representantes. 

El pibe, con la camiseta naranja sobrándole sin remedio, se aferró a la ilusión de un grande de Rosario, sin vislumbrar todavía lo que ese episodio abriría en su vida, difícil y laboriosa. 

La cara de Angelito parece cincelada a golpe de cuchillo. Los ojos quieren salírsele de las órbitas y solo esa sonrisa llena de la luz de un hombre bueno atenuaba la angustia del hambre persistente. Criado en un barrio con nombre de ilusión, aquel pibe se aferraba a los sueños que soñaba con los pies. 

Mientras, desandaba otras obligaciones, no menos duras que las que le imponía su incipiente vida de jugador de fútbol. Fideo ayudaba a su padre en la carbonería familiar y entraba a la casa con la cara y el cuerpo tiznados por el hollín. Su madre, que adivinaba los sueños del hijo, pedaleaba media hora en bicicleta cada día para dejarlo en el entrenamiento de las categorías inferiores de Rosario Central. 

Después, lo que ya sabemos. El Benfica, el Real Madrid, la Champions, el Manchester United. El PSG. La celeste y blanca. Fideo, para siempre, en el corazón de quienes —contra todo lógica y enfrentando toda evidencia— seguimos pensando que al fútbol todavía le queda una oportunidad sobre esta tierra. 

Foto: Martín Bernetti (AFP)

El sábado 21/5, por la tarde, en el Parque de los Príncipes, París Saint-Germain goleó 5-0 a Metz por la última fecha de la Ligue 1. Di María jugó, entonces, su último partido en el PSG ante su gente. Un partidazo. Cuando metió el quinto gol para su equipo, estalló en un llanto incontenible, porque diecisiete años como profesional en un deporte arrasado por los intereses, no le quitó un gramo de barrio, una pizca de memoria, ni un ápice de frescura. Fideo dignifica aquella máxima en la que todavía creemos: se juega como se vive. 

Cuando el técnico del PSG lo sacó, recibió una ovación capaz de estremecer a una piedra. La recibió de una hinchada que es expresión de una sociedad decadente: xenófoba, racista, altanera, que piensa a sus jugadores como empleados y juzga sin pasiones y vive sin recuerdos. 

Cuando dejaba el campo de juego sus compañeros, espontáneamente, le hicieron un pasillo de honor. De la cancha se iba un crack inmenso. De la cancha se iba un hombre bueno. París aplaude a un carbonero del barrio “Churrasco”, a un sudaca apenas más grueso que un fideo. Al tipo que, con cada gol, dibuja un corazón, porque el suyo se le sale del pecho de tan grande, de tan hermoso, de tan noble. De tan potrero. 

Así que voy a parafrasear a uno que lo dijo respecto de otro nombre y en otra circunstancia: yo no sé si quiero que Argentina gane el Campeonato del Mundo en Qatar. Lo que me haría inmensamente feliz es que lo gane Angelito Di María, para que su corazón quede dibujado para siempre en la historia grande de un juego que, con él, siempre va a estar en deuda. 

Carlos Zeta es filósofo, docente, editor y miembro del consejo asesor externo de La tela. 
Durante el primer período de la revista (2006-2013) se desempeñó como jefe de redacción.

Foto slider: Jewel Samad (AFP)