A 150 años de Martín Fierro 

A 150 años de Martín Fierro 

Fierro, al fin

Por Silvio Stefanelli* 

En El proceso de lectura (1972), Wolfgang Iser señala que “la obra de arte es la constitución del texto en la conciencia del lector”. En ese sentido, Martin Fierro es una obra completa en nuestros imaginarios a través de las diversas lecturas que pudimos realizar con el correr del tiempo. Poco más de un siglo después de la publicación del poema de Hernández, en las Ficciones (1945) de Borges asistimos a un reencuentro con su protagonista sobre el que es preciso volver.  

A través del vanguardista ejercicio de posmodernidad literaria que implica la re-escritura, el narrador de “El fin” nos relata los últimos momentos de vida del ilustre Martin Fierro, personaje central de la literatura nacional, Odiseo de Las Pampas sobre el que tantas veces hemos leído y oído recitar a lo largo de nuestras vidas. Es interesante recordar que Borges se percibía mejor lector que escritor. Esta forma personal de recibir y recordar el poema de Hernández propicia, también en la actualidad, una multitud de reescrituras que configuran las realidades contemporáneas. No olvidemos a la China Iron de Gabriela Cabezón Cámara, o al Guacho Martin Fierro de Oscar Fariña.

Vivimos en tiempos en los que Humberto Eco proclamó el fin de la obra cerrada. En sintonía con Iser, el crítico y escritor italiano propuso que el lector es el verdadero creador de la obra cuando reinterpreta las propuestas del autor, reivindicando la polisemia. La obra/el texto es en tanto está abierta a la interpretación de sus destinatarios, y esta puede ser diferente para cada uno de ellos dependiendo de su background cultural y de sus experiencias.  

Pero, volviendo a Borges, ¿qué nos encontramos en ese cuento? Un personaje llamado Recabarren, tras sufrir una apoplejía, pasa los días en su pulpería acompañado por un mulato “inofensivo” que rasguea una guitarra y espera. Una tarde, en este escenario en que la llanura se dilata y extiende más allá de los límites del horizonte, aparece Martin Fierro. El mulato se revela como hermano de aquel que murió asesinado en el canto VII de La ida. Allí, gaucho y mulato tienen una áspera conversación y salen al exterior a finiquitar la disputa. Luego de un intercambio de faconazos, el otro remata a Fierro, que termina su vida tirado en ese paraje lejano de La Pampa. Para Borges, así concluye la vida del gaucho.

Un personaje llamado Recabarren pasa los días en su pulpería acompañado por un mulato “inofensivo” que rasguea una guitarra y espera. Una tarde, en este escenario en el que la llanura se dilata y extiende más allá de los límites del horizonte, aparece Martin Fierro.   

Sin embargo, de la lectura del cuento se desprende que este suceso de gran magnitud está, en realidad, casi en un segundo plano. La carga dramática del relato cae en la figura de aquel sin nombre que espera, rasgando su guitarra todas las tardes y quema las horas, repitiendo en su mente, quizás, ese encuentro mortal. Desde su propio nombre, “El fin” no hace referencia únicamente a la muerte de Fierro, sino a la ultimación de un propósito de venganza pergeñado durante siete años. 

Imagen: “La pulpería” de Florencio Molina Campos

Las diversas lecturas del Martin Fierro, a 150 años de su publicación, siguen configurando las realidades de quienes lo incorporan a su acervo, a su memoria, pero ¿es posible reescribir el Martín Fierro en nuestros imaginarios una vez más? No es casual que, como en el cuento de Borges, hoy el personaje de nuestro gaucho pase a un segundo plano en la memoria de las personas. Más allá del innumerables veces recitado “que los hermanos sean unidos…”, cuando hablamos de los personajes de la obra de Hernández, el primero que surge en la memoria, en muchos casos, es el del Viejo Viscacha, un sujeto ruin y miserable que cría a uno de los hijos de Fierro cuando este está en el desierto, famoso en la cultura popular por los consejos pérfidos que constituyen una parte de nuestro Ser Nacional.  

Desde su propio nombre, “El fin” no hace referencia únicamente a la muerte de Fierro, sino a la ultimación de un propósito de venganza pergeñado durante siete años. No es casual que, como en el cuento de Borges, hoy el personaje de nuestro gaucho pase a un segundo plano en la memoria de las personas. 

Seguramente, en La vuelta (1879), Hernández quiso incorporar a este personaje como un antagonista que le dé mayor hondura y catadura moral a un Martin Fierro viejo y derrotado, que lleno de sabiduría paternal buscaba la paz, pretendiendo que el tiempo perdido con sus hijos no sea en vano, y dejarles una enseñanza. A ellos y a nosotros. Pero, muy probablemente, el autor no esperaba que Viscacha (incluso hasta su nombre está mal, puesto que el animal al que hace referencia su apodo se escribe con Z) tomara la relevancia social que terminó teniendo.  

Incluso en estos tiempos, caóticos e inciertos, los consejos mantienen una pasmosa vigencia, dejando en segundo plano -como en el cuento de Borges- al gaucho que impulsó, en La ida, las denuncias contra la humillación de los pobres a manos de los poderosos, la corrupción, o el mismo intento de “limpieza racial” latente al mandar a los criollos a matarse con los aborígenes sin el equipo o las armas necesarias.  

A 150 años de la publicación de la obra cumbre de nuestra literatura, releamos el Martín Fierro una vez más, busquemos esa identificación, esa rebeldía que exudaba el gaucho contra la injusticia. Dejemos en segundo plano, esta vez, a Viscacha.  

*Silvio Stefanelli es estudiante de Lengua y Literatura en el IES N° 1 “Dra. Alicia Moreau de Justo”.

Este artículo es el segundo de una serie de escritos referidos a esta temática que continuaremos publicando.

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